Tal vez logremos conseguirlo, tal vez no.

Pero tengo que averiguar por qué un hombre no intenta escapar, por qué decide que prefiere morir”.

Lee Marvin en el papel de sicario, en “Código del hampa”.

Si hay una fecha capital en la historia del Noir es 1927, cuando Scribner’s Magazine, una revista literaria de mayor calidad y reconocimiento crítico que Black Mask, publicó un relato titulado ‘The Killers’, escrito por un antiguo periodista y prometedor escritor. Su nombre: Ernest Hemingway.

‘Los asesinos’ cuenta una historia mínima, concentrada en algo menos de tres mil palabras: dos maleantes entran en un garito situado en un pequeño pueblo de las afueras de Chicago. Son los años 20 de la Prohibición y Al Capone impone su ley. Pero nada de ello de cuenta en el relato, que es una sucesión de diálogos en los que la violencia, las amenazas y la muerte están más sugeridas que mostradas.

Los dos forasteros buscan a Ole Andreson, un sueco residente en Summit que suele acudir al local a esas horas. Esa noche, sin embargo, no parece que vaya a hacerlo. Nick Adams, uno de los personajes recurrentes en los cuentos de Hemingway, corre para avisar al antiguo boxeador de que dos tipos malencarados andan tras sus pasos. Sin embargo, el Sueco declina la opción de enfrentarles. Tampoco se decide a huir o tan siquiera a esconderse. Adams vuelve al garito sin entender el porqué de la reacción de Ole. En la distancia se escucha el sonido de unos disparos y… se termina la historia.

El relato de Hemingway, un prodigio de contención y de economía verbal, figura en todas las antologías de los mejores cuentos norteamericanos de la historia. El relato está basado en la vida de Andre Anderson, un boxeador de ascendencia escandinava que llegó a tumbar al mismísimo Jack Dempsey y al que la Mafia asesinó a tiros el 1 de abril de 1926. Presumiblemente, por no plegarse a sus turbios manejos con las apuestas.

Jesús Lens

Hemingway, después de vivir en el corazón de la ciudad de Chicago manejada a su antojo por Al Capone, se había mudado a las afueras, a esos suburbios cuya atmósfera tan bien capta en sus cuentos. Y como conocía perfectamente los entresijos del crimen organizado, se cuidó muy mucho de apuntar o señalar a nadie concreto en este relato. Tal y como el propio Hem explicaría más adelante, es el cuento en el que más cosas sacó de la narración, incluido todo lo que sabía sobre Chicago y sus chanchullos, dejando el contexto a la libre interpretación del lector. De ahí que se haya convertido en el paradigma perfecto de su teoría del iceberg, tal y como la definió en su libro ‘Muerte en la tarde’:

“Si un escritor en prosa conoce lo suficientemente bien aquello sobre lo que escribe, puede silenciar cosas que sabe y el lector, si el escritor escribe con el suficiente realismo, tendrá de estas cosas una sensación tan fuerte como si el escritor las hubiera expresado. La dignidad el movimiento de un iceberg se debe a que solamente un octavo de su masa aparece sobre el agua. Un escritor que omite ciertas cosas porque no las conoce, no hace más que dejar lagunas en lo que describe”.

Avancemos en el tiempo y trasladémonos exactamente al domingo 7 de diciembre de 1941, cuando la Armada Imperial Japonesa bombardeó Pearl Harbour. El impacto de aquel ataque fue tan devastador que las calles de las grandes ciudades de los Estados Unidos quedaron vacías. Las familias se refugiaron en sus casas y apartamentos y las almas solitarias que tanto abundan en las grandes urbes norteamericanas lo hicieron en los Diner, esos garitos que abren las 24 horas del días y que tantas veces hemos visto en las películas estadounidenses, uno de los elementos fundacionales de la Cultura Pop.

“Inconscientemente, probablemente, estaba pintando la soledad de una gran ciudad”, dijo Edward Hopper cuando le preguntaron por el significado de su cuadro más famoso, reconocido y reconocible: “Nighthawks”, que empezó a pintar, no por casualidad, a finales de ese mismo 1941, quedando concluido el 21 de enero de 1942.

Cuando se intentó dar con la localización exacta del local que inspiró al Phillie’s, el garito de enormes cristaleras y barra interminable que acogía a los solitarios de la noche urbana; los especialistas concluyeron que, en realidad, nunca existió. Que fue una reconstrucción ideal e imaginaria que hizo Hopper a partir de diversos locales que conocía y por los que había ido pasando a lo largo de su vida. Una reconstrucción aderezada, también, por el aspecto visual de los locales que había visto en esas películas a las que era tan aficionado o sobre los que había leído en el relatos como… “The Killers”, de Hemingway, donde todo comenzó.

Si bien “Nighthawks” es la pintura más famosa de Hopper, otros muchos de sus cuadros se convirtieron en auténticos iconos cuya escenografía influyó en otros pintores y artistas y, por supuesto, en decenas de cineastas que trasladaron sus composiciones a la pantalla y convirtieron el punto de vista de Hopper en el ancla donde situar su cámara. Por no hablar de la cantidad de diseñadores de producción que se inspiraron en la obra del artista para dotar de realismo y credibilidad mucho de lo que íbamos a ver en las pantallas de cine de ahí en adelante. Sobre todo, en las películas de cine negro.

Sigamos avanzando en este recorrido que mezcla el cine, la literatura y la pintura. Desplacémonos hasta 1946 para detenernos en ‘Forajidos’, cinta de Robert Siodmak, titulada originalmente “The Killers” y que, efectivamente, parte del referido cuento de Hemingway para contar una historia de amor, celos y traición protagonizada por un joven Burt Lancaster que interpreta a Ole Andreson, apodado “El Sueco” y al que dos tipejos matan en la gasolinera en la que trabaja, al comienzo de la película.

Lo extraño de la situación es que, pudiendo haber huido, Andreson no lo hizo y aceptó estoicamente su muerte. Un hecho tan singular despierta la curiosidad de Reardon, investigador de la compañía de seguros de la gasolinera en que trabajaba el fallecido, interpretado por Edmond O’Brien, uno de esos grandes secundarios del cine norteamericano. Desobedeciendo a su jefe, Reardon decide hurgar en la vida de Andreson. Y será cuando descubra muchas y variadas sorpresas. Como Kitty Collins, una misteriosa mujer interpretada por Ava Gardner.

En películas como “Forajidos” -no por casualidad se trata de otra producción de Mark Hellinger- se encuentra compendiada la esencia del género negro: violencia seca y salvaje, el flashback como recurso narrativo que conecta el presente con el pasado, el determinismo de los protagonistas y la estética del perdedor o la mujer fuerte y con personalidad que no permite que nadie le ponga la mano encima. Al menos nadie… que ella no quiera.

Lo escribe José Luis Garci: “Un gran triunfo del cine negro es que logró que las mujeres no fueran nunca más víctimas de ninguna circunstancia. Se acabaron los jefes que metían mano a las secretarias. Las chicas serán ya sus propios jefes. Y últimamente, desde hace ya bastantes películas, otras mujeres noirs pueblan ya las pantallas, emigrantes ilegales, drogadictas, polis, analistas financieras, publicistas, ejecutivas. Todas con blogs”. Y con redes sociales, podríamos añadir…

Un buen ejemplo de qué fue el Neo-noir lo tenemos en “Código del hampa”, cinta dirigida y producida por Don Siegel en 1964 y cuyo título original es… “The Killers”.

A ver si les suena: la película cuenta la historia de un antiguo corredor de coches que no hace por huir ni por defenderse cuando se entera de que dos tipos siniestros andan tras él. Después de meterle una ensalada de plomo en el cuerpo, los sicarios deciden investigar por qué su víctima actuó de una manera tan extraña, estando bastante seguros de que hay pasta de por medio.

Y, sin embargo, como tantas veces hemos visto en el cine negro clásico, el dinero es, si no lo de menos, solo un factor más de la ecuación que mueve a los personajes. Y no necesariamente el más importante.

Lo señala el más veterano de los sicarios, interpretado por un abrasador Lee Marvin, en una frase que es una declaración de intenciones: “No es solo el dinero. Tal vez logremos conseguirlo, tal vez no. Pero tengo que averiguar por qué un hombre no intenta escapar, por qué decide que prefiere morir”.

Hay muchas diferencias entre “Forajidos” y “Código del hampa”, las dos adaptaciones cinematográficas del cuento de Hemingway. Para empezar, “Código del hampa” es una producción en color producida originalmente para la televisión y el protagonista, en vez de haberse escondido en un pequeño pueblo como encargado de una gasolinera -¡ay, la estética de Hopper, también en esas Gas stations tan, tan icónicas- da clases en un colegio para personas ciegas, lo que muestra un tipo de compromiso social que nunca se vio en el cine negro clásico.

Lo mismo ocurre con la reacción del mecenas del protagonista: en “Forajidos”, cuando el boxeador interpretado por Burt Lancaster se rompe la mano, su manager le deja tirado sin miramiento alguno, en busca de un nuevo talento en bruto al que explotar. El compañero del corredor de coches accidentado al que da vida John Cassavetes quiere seguir junto a él, a toda costa.

En “Código del hampa”, la modernidad se hace presente en todo momento, desde el primer plano protagonizado por las gafas de sol de los sicarios y con las vistosas carreras de coches de colorines lanzados a toda velocidad sustituyendo al boxeo, gris y vetusto, en la trama. Comparemos, por ejemplo, los gimnasios del cine negro clásico con el que muestra la cinta de Siegel. O el enorme número de tomas aéreas que permiten disfrutar de la potencia y el poderío de las máquinas. Que ya lo anticiparon los Futuristas, con Marinetti dándole carta de naturaleza al automóvil de carreras como un vehículo cargado de poesía.

El rol de la femme fatale también es diferente, que Angie Dickinson toma un papel seductor mucho más activo que Ava Gardner y el supervillano de la función, interpretado por un Ronald Reagan de peinado imposible en la cinta de Siegel, es un potentado magnate inmobiliario, anticipando todo lo que estaba por venir en materia de corrupción urbanística.

Y está el momento francotirador, una auténtica obsesión en los Estados Unidos desde el asesinato de Kennedy en 1963, junto a los enormes silenciadores de los pistolones manejados por los asesinos a sueldo. De los que el más joven, por cierto, también anticipa a otro tipo de personaje muy habitual del Neo-noir y poco habitual del cine negro clásico: el psicópata. En este caso, además, con propensión al cuidado del cuerpo, utilizando tensores para entrenar, haciendo flexiones de brazos en cuanto puede y controlando la alimentación. ¡Si Philip Marlowe levantara la cabeza!