Como buena parte de las novelas de Hammett, ‘La llave de cristal’ tuvo varias adaptaciones cinematográficas. Y desde muy pronto. La primera, de 1935, dirigida por Frank Tuttle, con George Raft como protagonista. A éste, el papel le iba pintiparado, que sus relaciones con la mafia eran públicas y notorias, por lo que se movería a sus anchas, como piraña en el río, en ese papel a caballo entre lo legal y lo ilegal. Lo alegal y lo paralegal.

En la adaptación de 1942, dirigida por Stuart Heisler y surgida al calor del éxito de ‘El halcón maltés’; el papel de Beaumont lo interpreta Alan Ladd. Demasiado bueno para aportarle al personaje las necesarias dosis de cinismo, seca violencia y gélida frialdad que precisa.

Y eso de defenderse de un matón con la táctica de la patada en las espinillas… ¡no, por favor! Que no digo yo que no te pueda hacer la cusqui, pero que cinematográficamente no resulta una forma muy heroica de afrontar la acometida de un rival.

Ladd venía de rodar ‘This gun for hire’, basada en la novela de Graham Greene, y los productores de la Paramount querían darle vidilla y promocionarlo como nueva estrella del noir. Comenzaron por prepararle una versión de ‘Cosecha roja’ que nunca se filmó, como ya sabemos, y terminó en esta discreta producción.

Más solvente resulta Brian Donlevy como Paul Madvid. Es un actor sólido, en todos los sentidos de la expresión, con presencia y prestancia. De hecho, al principio de la película, cuando se sienta entre los ricos y refinados y cuenta cómo solucionaba sus cuitas a base de mandobles, resulta de lo más creíble: un bruto advenedizo, un gañán con pintas que trata de impresionar a la hija del senador.

Y ahí sí: la Janet Henry interpretada por Veronica Lake sí resulta de lo más sugestivo, sugerente e insinuante. Era una casi principiante cuando empezó a trabajar en películas con Alan Ladd, su mejor pareja en el cine. Había química entre ellos. Aunque, en realidad, la química era entre Lake y la cámara.

Por desgracia, también hubo demasiadas sustancias químicas destiladas en la vida de la actriz, por lo que su fama, que fue fulgurante (la imagen con ese cabello cubriéndole la mitad de la cara es icónica) no tardó en extinguirse a la par que ella se marchitaba. Verla hoy día en pantalla resulta todavía algo mágico, eso sí.

Cambios importantes entre esta película en relación a la novela: el personaje del irlandés antagonista de Paul se convierte, por arte de birlibirloque, en un mafioso italiano llamado Nick Varna. ¡Ay, los estereotipos, cuánto daño han hecho y siguen haciendo! En realidad, el actor que le dio vida fue el maltés Joseph Calleia, un tipo de cara afilada con indudable aspecto de halcón.

Como decía, esta versión de ‘La llave de cristal’ no es una película memorable. Ni particularmente brillante. Se trata de una noble adaptación artesanal de una novela compleja y cargada de cinismo que, en su traslación a la pantalla, resulta demasiado plana, timorata e inocente, por mucho que el guion esté muy apegado a la trama de la novela y algunos de los diálogos de Hammett estén calcados del original.

Otra adaptación famosa de ‘La llave de cristal’, esta vez para la radio, fue dirigida por Orson Welles en 1939, reservando su estentórea voz para el personaje de Paul Madvid.

Y así llegamos al año 1990, fecha de estreno de una cinta excepcional, de las que te dejan imantado a la butaca del cine, consciente de que has asistido a la proyección de una gran película. Y eso que, en taquilla, sufrió un descalabro morrocotudo, paliado con el paso de los años por sus notables ventas en vídeo, DVD y Blue Ray, una vez convertida en película de culto.

Aquel año, los hermanos Coen estrenaban ‘Muerte entre las flores’, titulada en su versión original como ‘Miller’s crossing’. Se trata de un título maravilloso y evocador que, sin embargo, al espectador español medio no le diría nada. Al espectador español… y al del medio mundo más.

En 1990, los hoy admirados y reconocidos hermanos Coen componían un tándem creativo tan atípico como escasamente famoso. Ambos escribían los guiones de las películas que después rodaban al alimón. Y, por supuesto, se producían a sí mismos. Hasta la fecha solo habían filmado dos películas, bien acogidas por la crítica: ‘Sangre fácil’ y ‘Arizona Baby’. Fue entonces cuando se vieron enfrentados a un guion complejísimo de trama tan intrincada como difícil de resolver. Y se atascaron. Literalmente. Sufrieron un espantoso bloqueo del escritor que les dejó varados y a la deriva.

Con el fin de romper su bloqueo creativo, se olvidaron de ‘Muerte entre las flores’ y se lanzaron a escribir otro guion de forma compulsiva. Así, en tres frenéticas semanas les dio tiempo a culminar el libreto de ‘Barton Fink’, sobre un dramaturgo neoyorquino fichado por Hollywood y que, fuera de su ambiente, sufre el mismo bloqueo que atenazaba a los hermanos.

Por fin retomaron el guion de ‘Miller’s crossing’, una película que nace de una imagen visualizada por los hermanos Coen antes de saber nada sobre los personajes o la trama: un sombrero negro depositado en mitad de un bosque, sobre un suelo lleno de hojas, que es arrastrado por una ráfaga de viento que se lo lleva volando entre los árboles. Imagen que es marca de fábrica de una película barroca, hermosa, dura y cruel, con la que abre sus celebrados títulos de crédito.

Esta secuencia entronca con una famosa película de gángsteres francesa de Jean-Pierre Melville, ‘El confidente’, que termina con el Fedora del protagonista tirado en el suelo. Y es que a los Coen les gustan los homenajes cinéfilos, como veremos en las siguientes líneas.

Además de la influencia de ‘Cosecha roja’ —dos bandas de gángsteres enfrentadas entre sí de acuerdo con la partida de ajedrez que planea el protagonista de la historia— el guion de ‘Muerte entre las flores’ tiene mucho otra de las grandes novelas de Dashiell Hammett: ‘La llave de cristal’ de la hablamos en este capítulo.

Aunque la ciudad donde transcurre la historia no tiene nombre específico, la película fue filmada en Nueva Orleans, ciudad que atrajo la atención de los Coen debido a su aspecto, en muchos barrios, congelado en el tiempo. Claro que los Coen tuvieron la suerte de filmar antes de que el Katrina destrozara la ciudad.

Ethan Coen comentó en una entrevista: “Aquí hay barrios enteros solamente de arquitectura de 1929. New Orleans es una ciudad un poco deprimida; no se ha aburguesado. Hay un montón de arquitectura que no ha sido tocada, ventanas de fachadas que no han sido reemplazadas en los últimos sesenta años”. Quienes hemos visto la serie ‘Treme’ sabemos que buena parte de toda esa Nueva Orleans ya es historia. En este caso, historia del cine.

Como decían los propios Coen, querían filmar una película que fuera a la vez hermosa y viril, en la que luz y las sombras desempeñan un papel esencial, por lo que la dirección de fotografía del también director Barry Sonnenfeld brilla con luz propia. Cuando debe hacerlo. Porque en otros momentos, como en la famosa secuencia del bosque, necesitaba que el cielo estuviera nublado para conferirle el tenue aspecto visual que deseaba. ¡Y tuvo suerte! Durante todos los días de rodaje es sol estuvo ausente. Menos el último, como se puede apreciar en el momento en que Tom Reagan echa hasta la última papilla.

¿Por qué vomita el personaje interpretado por Byrne? Difícil de explicarlo. Como difícil sería tratar de contar el intrincado argumento de ‘Muerte entre las flores’. ¿No les provocó un bloqueo creativo a los Coen? Pues eso. Quedémonos con que es una mezcla entre ‘Cosecha roja’ y ‘La llave de cristal’ trufada de un humor muy negro, aunque ninguna de las dos novelas aparezca reconocida en los títulos de crédito.

Tom trabaja para Leo O’Bannon, un gángster irlandés duro, rocoso  y enamorado de Verna. Tan enamorado de ella que ha decidido incluso casarse con ella. O, mejor dicho, que ella se case con él. Un problemilla se vislumbra en el horizonte: a Tom le gusta Verna. Y a Verna le gusta Tom. Tanto que se acuestan juntos. Y eso que, fuera del catre, mantienen lo que podríamos definir como una relación complicada.

En un momento Tom le dice que su trabajo es intimidar a ciertas mujeres para que hagan lo que les dice. Verna le responde con un monumental: “Pues busca a una mujer que se deje intimidar”. Puñetazos, golpes e intercambio de lanzamiento de objetos contundentes hace que el amor entre Tom y Verna sea, como poco, reñido. Y es que ella es de armas tomar, en un sentido mucho más literal de lo que podríamos creer.

A todo esto, en la ciudad sin nombre hay otro gángster, en este caso italiano, que quiere cargarse a un tipo que le resulta molesto. Conoceremos a Caspar al principio de la película, en una secuencia que homenajea al arranque de ‘El Padrino’, pidiendo permiso para eliminar a esa mosca cojonera que tanto le altera. Lo más destacable del italiano: sus hondas preocupaciones éticas y morales. Y la importancia que le confiere a la amistad como estado mental.

Y nos queda el hermano de Verna, un apostador de extracción judía que vuelve loco a todo el que se le acerca con su incesante verborrea. La que despliega en el famoso bosque, implorando perdón, por ejemplo. Una secuencia escrita por los Coen en la que John Turturro improvisó algunas morcillas, pero en la que luce su portentosa capacidad interpretativa. “¡Mira dentro de tu corazón!”, exclama mientras balbucea. Una frase con un doble sentido que… bueno.

Dos secuencias memorables: la del atentado contra Leo en su casa, mientras escucha la canción popular irlandesa ‘Danny Boy’. Un momento rebosante de una poesía operística escrita a sangre y fuego. Y la que cierra la película, otro claro homenaje a una película clásica, ‘El tercer hombre’, en este caso.

Homenajes bien traídos, siempre, por los Coen, cuya cinefilia encaja perfectamente en el guion y nunca resulta gratuita, molesta o aparatosa. De ahí que llamen a su amigo Sam Raimi, por ejemplo, le vistan de policía de paisano, le hagan pegar un par de tiros y terminen friéndole a balazos. O que el edificio donde vive Tom se llame Barton, anticipando el título de su siguiente película.

La imagen de Tom fumando y pensando, bebiendo o recibiendo mamporros; resulta igualmente icónica. Como su necesidad compulsiva de llevar el sombrero bien calado en la cabeza. Unas veces nos permitirá ver su mirada y otras veces la ocultará. Es la magia de la fotografía de Sonnenfeld.

Y están los diálogos y las réplicas aceradas de los personajes, desde el “está tan claro como el barro” de Leo, al comienzo de la película, a las broncas entre Tom y Verna. Por momentos, te ríes. No te queda más remedio. De hecho, Gabriel Byrne estaba convencido de que ‘Muerte entre las flores’ era una comedia. Hasta que vio el resultado en pantalla. Y alucinó con lo que habían conseguido los Coen: una perfecta mixtura de géneros que nos regala una película única, inclasificable y decididamente de culto. Una película imperecedera.

Jesús Lens