—Frank, ¿me quieres?

—Sí.

—¿Me quieres lo suficiente como para que nada te importe?

—Sí.

James M. Cain publicó ‘El cartero siempre llama dos veces’ en el año 1934. Se trata de una novela corta que apenas si alcanza las cien páginas de extensión. Una nouvelle, como la catalogarían los franceses, cargada de sexo y violencia. Tanto, que en su momento fue prohibida su venta en lugares como Boston y otros estados de la Unión, calificada de obscena.

Con el paso del tiempo, la novela de Cain se ha convertido en uno de los clásicos de referencia del género negro norteamericano, hasta el punto de que la Asociación de Escritores de Misterio de América la incluyó en su totémica lista de las cien mejores novelas de misterio de todos los tiempos.

‘El cartero siempre llama dos veces’ es concisa. Hasta lo telegráfico, en algunos momentos. Y, sin embargo, todo está ahí. El arranque, por ejemplo: “A eso del mediodía me arrojaron del camión de heno. Me había subido a él la noche anterior, en la frontera, y apenas me tendí bajo la lona quedé profundamente dormido. Estaba muy necesitado de ese sueño, después de las tres semanas que acababa de pasar en Tijuana, y dormía aún cuando el camión se detuvo a un costado del camino para que se enfriara el motor. Entonces vieron un pie que salía debajo de la lona y me arrojaron al camino”.

¿No es cómo si el autor nos hablara de un nacimiento, de un parto? A los efectos de lo que pasará a continuación, así es. Porque justo donde le bajan del camión, hay un bar de carretera y una estación de servicio. Frank entra a tomar algo, pero no tiene ni unos centavos con los que pagar y termina quedándose a trabajar en la gasolinera.

El dueño es un griego, un tipo mayor llamado Nick Papadakis. Está casado con Cora, una mujer bastante menor que él… y muy harta de su vida matrimonial, por lo que no pasa mucho tiempo hasta que la pasión se dispara. Frank y Cora inician una relación muy turbulenta, en la que el sexo y la violencia sadomasoquista van de la mano.

Jesús Lens

Frank, vagabundo vocacional, le a Cora propone huir.

—¿Adónde?

—A cualquier parte, ¿qué importa?

—Cualquier parte…, cualquier parte. ¿Sabes dónde es eso?

—Por todo el mapa, donde se nos antoje.

—No, no es allí. Es el cafetín.

—No me refería al cafetín, sino al camino. Va a ser divertido, Cora. Nadie lo sabe mejor que yo…

Pero no. A Cora no le atraía la vida en la carretera. Ni convertirse en vagabunda. Cora tenía un plan. O, si no un plan, al menos una idea: eliminar a su marido y quedarse con el negocio. Solo que los planes pueden torcerse, como les ocurre a Frank y a Cora.

Y vuelta la burra al trigo. Porque Frank le ha visto las orejas al lobo, por seguir con símiles camperos y agrícolas.

—Tú, yo y el camino.

—Tú, yo y el camino.

—Dos vagabundos.

—Dos vagabundos, pero siempre juntos.

—Eso es, siempre juntos.

Cora, sin embargo, puede ser muy convincente. Y aunque lo intenta, no se ve con fuerzas para seguir a Frank, quien parece romper con el cordón umbilical que le une a Los Robles Gemelos, nombre del garito de Papadakis y Cora.

En el género negro, ya lo saben ustedes, el destino, el fatalismo y la predeterminación desempeñan un papel básico en las biografías de sus héroes. ¡Que se lo digan a Michael Corleone en ‘El Padrino III’!: “Justo cuando creo estar fuera, me vuelven a involucrar”.

Después de ser timado por un buscavidas del billar —llegados a este punto, cómo no recordar ‘The hustler’, de Robert Rossen, interpretada por Paul Newman— Frank volverá a la estación de servicio. Y a los brazos de Cora. Y a tramar un plan para eliminar a su marido. El momento de la muerte de Papadakis resulta extraña y siniestramente poético: está cantando en mitad de una zona de grandes montañas que le devuelven el eco de las notas de su voz cuando recibe el definitivo y postrer golpe en la cabeza con una llave inglesa: “su cráneo crujió y yo sentí cómo se hundía. Se le encogió el cuerpo y quedó todo acurrucado en el asiento, como un gato sobre un sofá. Me pareció que pasaba una eternidad hasta que se quedó inmóvil. Y entonces Cora hizo una brusca aspiración que terminó en un gemido. Porque en aquel instante el eco devolvía la nota del griego. Era la misma nota aguda, que subía, y se detenía y esperaba”.

Y es que a Papadakis le gustaba cantar: al terminar la jornada laboral en la gasolinera, solía coger un instrumento y amenizar la noche con unos gorgoritos. Los mismos que le acompañaron en su muerte.

‘El cartero siempre llama dos veces’ continúa con una secuencia terrible en la que el fátum del teatro griego —no es casualidad la nacionalidad de Papadakis— se da la mano con Eros y Tanatos: el sexo y la lujuria más salvajes y desbordados justo después del asesinato, con Frank y Cora manchados de sangre después de ejecutar el que debería ser un crimen perfecto.

A partir de ahí, la investigación de la policía, los abogados, el juicio, la sentencia y el desenlace. ¿Cruel? ¿Amargo? Puede ser. El destino, en cualquier caso. No olvidemos la burla del destino. El fatum del que hablábamos antes.

Cora pronuncia un parlamente memorable: “Mira Frank: nosotros no somos más que dos despojos. Aquella noche, Dios nos besó en la frente y nos dio todo lo que dos personas pueden tener en esta vida. Pero no éramos de la pasta de los que pueden tenerlo. Teníamos todo ese amor y no supimos defenderlo. El amor es como un poderoso motor de avión, con el cual uno puede volar hasta lo más alto de la montaña; pero si ese motor; en lugar de colocarlo en un avión, lo pones en un Ford, lo despedaza en unos segundos. Y nosotros no somos más que eso, Frank: un par de Fords. Dios se está riendo de nosotros desde allá arriba”.

Y está la cuestión del título de la novela, dado que en la historia no aparece cartero alguno. El propio Cain detalla en el prólogo de ‘Pacto de sangre’, novela de la que después hablaremos, una conversación con el guionista Vincent Lawrence, que le contó cómo, al escribir su primer guion y enviarlo a las productoras, esperaba con ansia la llegada del cartero cada mañana. ¿Y cómo sabía que era él? Porque siempre llamaba dos veces. A Cain le gustó la frase y decidió usarla como título de su novela. Lawrence y él charlaron sobre el título y llegaron a la conclusión de que coincidía con el sentido de la historia: el cartero sería el trasunto del destino, y el ‘mensaje’, la muerte para Frank y Cora por el asesinato de Papadakis. Porque mira que habían fallado la primera vez y pudieron dejarlo estar. Aun así, reincidieron en su propósito homicida…

Hay otra explicación para el título, aportada por la historiadora, periodista y escritora Judith Flanders, especialista en el mundo victoriano. Y es que en dicha época, el cartero llamaba una vez para avisar que había dejado el correo, sin esperar respuesta. Sin embargo, cuando llevaba un telegrama, llamaba dos veces. En la época victoriana, los telegramas eran muy caros y se utilizaban, básicamente, para dar malas noticias. Más o menos como hoy en día, cuando llega un certificado con acuse de recibo: o es Hacienda o se trata de la notificación de alguna multa, sanción o penalización.

En la novela, la primera llamada es el intento fallido de asesinar a Papadakis: el destino les da una oportunidad de arrepentirse. El segundo timbrazo ya es el asesinato. Y como el destino está para cumplirse, Cora morirá de forma tan imprevista como absurda, también a bordo de un coche y Frank pagará, paradójicamente, por el crimen que no cometió. Y ahí estarían las malas noticias que llegan a través de los telegramas.

Hay un momento, en la novela, en que el lío judicial que se monta tras la muerte de Papadakis se hace complicado de seguir. Es confuso y enmarañado. Tiene que ver con la diferencia entre el sistema judicial norteamericano y el español, pero también es un recurso narrativo: como la novela está narrada en primera persona, el caos en que se ve inmerso el lector es el mismo en que bucea Frank, el relator, que entiende poco o casi nada de lo que está ocurriendo.

No vaya el lector a pensar que Cain era un recién llegado a aquel mundo y no sabía de lo que hablaba. J.M. Cain nació en 1892 en una ciudad de nombre de reminiscencias helenas: Annapolis, en el entorno de Baltimore. Hijo de una familia católica de origen irlandés, James Mallahan fue hijo de un reconocido profesor de secundaria y de una cantante de ópera. Su infancia y juventud fueron tranquilas y sosegadas.

Su primera decepción artística: cuando su madre le dijo que no tenía una voz lo suficientemente buena como para ser cantante. Después de graduarse, Cain fue llamado a filas y participó en las postrimerías de la I Guerra Mundial, en Francia, escribiendo para una revista del ejército.

Picado por el gusanillo del periodismo, J.M. Cain se incorporó a la redacción de The Baltimore Sun, haciendo mucho trabajo de nota y roja y tribunales, como más adelante veremos. En 1932 comenzó a escribir guiones para Hollywood, iniciando unas de esas relaciones tempestuosas con la Meca del Cine, dada la inveterada costumbre de los productores de reescribir los libretos de los autores.

A los 42 años y animado por Henry Mencken, el director de The Baltimore Sun, escribió su primera novela: ‘El cartero siempre llama dos veces’, un gran éxito de ventas a pesar de la prohibición en determinados estados, acusada de obscenidad.

Las novelas que escribió en los años 40 del siglo XX fueron las más celebradas por crítica y público, con notables éxitos de ventas. Aunque J.M. Cain siguió escribiendo hasta el final de sus días, en 1977, no volvió a reverdecer los viejos laureles que le sitúan en el pódium de los maestros del noir norteamericano clásico, junto a Chandler y Hammett.

Eso sí, en 2012 se publicó la que se considera su novela perdida: The cocktail waitress, que J.M. Cain terminó de escribir poco antes de su muerte, acaecida a los 85 años de edad. Su editor, Charles Ardai, se tiró la friolera de nueve años siguiendo el rastro de un manuscrito escrito en primera persona y protagonizado por Joan Redford, una joven acusada de matar a su primer y segundo marido.