En tres películas nos vamos a centrar. Hay una cuarta adaptación que, cronológicamente, fue la primera. ‘Le Dernier Tournant’, cinta francesa de 1939 que no tuvo particular repercusión y fue pobremente valorada por la crítica.

La segunda versión del clásico de J.M. Cain se filmó, paradójicamente, en Italia, durante los años de la II Guerra Mundial, dado que se estrenó en 1943. Y generó una enorme controversia.

‘Obsesión’ fue la primera película del conocido cineasta Luchino Visconti y con ella se inició el neorrealismo italiano, una de las corrientes cinematográficas más importantes de la historia del cine.

Hijo de dos familias aristocráticas de rancio abolengo de Lombardía, cuyo linaje se remonta hasta el mismísimo Renacimiento, Luchino Visconti, Duque de Modrone, recibió una educación exquisita y selecta, apasionándose por las artes, y desde sus años de juventud empezó a colaborar con la Scala de Milán, que era un enorme aficionado a la ópera. De hecho, su familia estaba muy vinculada a ella.

En 1935, con cerca de treinta años de edad, Visconti se traslada a París y empieza a alternar con la élite intelectual de la época. Será gracias a la influencia de Coco Chanel que comienza a trabajar en el mundo del cine como asistente de dirección y diseñador de vestuario de Jean Renoir. Además de su pasión por el cine, Renoir y Visconti compartieron sus gustos literarios y, entre otras novelas, el director le regaló a su joven discípulo la traducción francesa de una novela policíaca norteamericana: ‘El cartero siempre llama dos veces’. Además, es posible que también le entregara un guion basado en la novela que el propio Renoir había pensado filmar.

De vuelta a Italia y a pesar de que en sus años mozos coqueteó con el fascismo, Visconti se afilia al partido comunista y terminaría siendo un héroe de la Resistencia. Fue la herencia francesa y su relación con Leon Blum, el presidente del Partido Socialista.

Siguiendo la estela de uno de sus autores favoritos, Giovanni Verga, decide comenzar a filmar películas realistas que hablen de los problemas de la gente de a pie. Cine que cuente las tribulaciones de los ciudadanos, de forma que sus personajes no sean los típicos arquetipos del cine que se hacía hasta la fecha.

Visconti volvió de Francia firmemente decidido a filmar en escenarios naturales, utilizando la mayor cantidad de actores no profesionales en su película y, sobre todo, a tocar temas socialmente relevantes en sus películas, centrándose en la psicología de los personajes, en sus tormentos interiores. Un cine antropomórfico, como lo definiera Visconti, hecho a la medida del hombre y no protagonizado por peleles.

Así las cosas, en el programa de mano que Visconti escribió para el estreno de ‘Obsesión’ se podía leer la siguiente declaración de intenciones: “Mi idea principal es la de contar historias sobre hombres vivos, no solo sucesos. De todas las tareas que me conciernen como director, la que más me excita es es la de trabajar con actores, encontrar material humano con el que crear nuevos hombres”.

Cuando plantea al régimen fascista de Mussolini la posibilidad de filmar una película basada en ‘El amante de Gramigna’, una novela del propio Verga, se encuentra con una negativa tajante, máxime al saberse que estaría protagonizada por un grupo de bandidos. Fue entonces cuando se acordó de la novela de Cain.

El gobierno fascista le permitió rodar la película, convencido de que sería una inocente e inocua película de misterio. La sorpresa llegó en 1943 cuando Vittorio Mussolini, hijo del Duce, tuvo ocasión de ver la película. Desde la fecha de su estreno, el 16 de mayo de 1943 en el cine Arcobaleno de Roma, la película fue muy polémica. La derecha italiana se había escandalizado por el argumento y el tono de la cinta y el propio vástago de Mussolini la consideró como antiitaliana, procediendo a su secuestro y censura.

El escándalo fue tan mayúsculo que el propio Benito Mussolini exigió ver la película. No debió parecerle para tanto, dado que permitió su exhibición. O quizá sí, porque a pesar de ello, apenas se distribuyó y su exhibición fue muy restringida durante los años del gobierno fascista. De hecho, como la polémica no cesaba, el gobierno fascista termina censurándola por completo y ordenando que se quemaran todas las copias existentes. Si hoy todavía podemos verla es gracias a que el propio Visconti conservó una de las copias, desafiando el mandato del régimen del Duce.

Una vez explicado el contexto de génesis, filmación y exhibición de ‘Obsesión’, hablemos de su contenido. En este caso, tampoco hay cartero. Pero si lo hubiera habido, solo llamó una vez a la puerta: en los 140 minutos que dura, solo hay un asesinato, ejecutado más en el calor del momento que siguiendo un plan claramente preestablecido, con premeditación, alevosía y reincidencia.

Gino Costa, interpretado por el divo Massimo Girotti es el trotamundos que echa pie a tierra frente a una destartalada tratoria y estación de servicio. Giovanna Bragana (Clara Calamai) es la mujer del grasiento y elefantiásico Giuseppe, el dueño del garito. Y, como en la novela, desde el primer momento se establece una corriente de electricidad entre ambos. Hay deseo. Una pasión irrefrenable que, además de mostrarse a través de las miradas, se refleja en la manera de tocar diferentes productos alimenticios, de los guisos a… los huevos.

La acción de la película transcurre en el Valle del Po, en una ruta habitualmente transitada por camiones. El paisaje donde se encuentra el restaurante es de una enorme desolación, hostil y poco agradecido. Más aún con el calor que dejan traslucir muchas de las secuencias, que llega a ser asfixiante.

Gino quiere marcharse y que Giovanna le acompañe. No se considera un vagabundo. Sencillamente, le gusta viajar. “Y como en tren solo viajan los ricos, me busco la vida”, dice. De hecho, al principio de la película, al entrar en el restaurante, los perros de unos cazadores se le acercan y le lamen las manos. Como si le conocieran de siempre. ¿Ulises que vuelve a casa? Su Penélope, desde luego, no deja de cantar, como si fuera una sirena que trata de atraerle.

Pero Giovanna, que sabe lo que es la vida en la calle, se niega a marcharse, por lo que Gino pone rumbo a una ciudad con puerto de mar en la que embarcarse y olvidar a la mujer de Bragana. A ella le ha costado mucho establecerse y, a pesar de verse obligada a masajear el poco atractivo cuerpo de su marido, todo sudoroso, cuando se lo exige, no se atreve a irse.

En el tren conoce a otro joven trotamundos, un titiritero y buscavidas apodado ‘Español’, que deja ver sutilmente cómo se enamora de él. El actor que interpretó este papel fue el, efectivamente español, Juan de Landa. La homosexualidad de Visconti, que tantos problemas le causó en su juventud, se deja asomar en esta relación entre dos seres libres. Aunque, en realidad, uno lo es más que el otro.

Hay una frase preciosa del Español, que deja caer durante el espectáculo callejero en que Gino se reencuentra fatalmente con el matrimonio Bragana: “Quien no quiere conocer su futuro está condenado a repetir su pasado”. Un reencuentro fortuito que marca el destino los tres personajes.

Cuando llega el momento de volver a casa y el trío protagonista va a recoger el coche a un garaje, los dos amantes miran a la cámara y, casi interpelando al espectador, susurran: “¡Súbito! ¡Súbito!” Deprisa. Deprisa. La suerte está echada para el marido. Y todo ello en mitad del asfixiante calor del verano, que les aplasta a todos.

Visconti introduce un buen número de momentos simbólicos en la película, que tiene bastantes más giros en el guion, desde las amenazas del cura a la siniestra y lacerante boda. El más impresionante, un momento en que tras una discusión con Gino, que protesta por haberse convertido en el guardián de la casa de un muerto, Giovanna llora sobre la cama cuando aparece en la puerta una campesina vestida de negro y portando una hoz, que la llama por su nombre.

Y, como si fuera una maldición, una frase que es toda una sentencia: “Tenemos que querernos mucho. Si no, no habrá servido de nada”, le espeta Giovanna a un Gino que cada vez bebe más y no deja de amenazarla con abandonarla y volver al camino mientras ella le amenaza con denunciarle a las autoridades.

Con su ópera prima, Visconti se marcó una película de tesis de marca mayor que, además, sirvió como pistoletazo de salida para el Neorrealismo, como dijimos antes. ¡Historia pura del cine!

Un famoso crítico de The New York Times señaló que comparar ‘Obsesión’ de Visconti con ‘El cartero siempre llama dos veces’, la película de Tay Garnett, es como comparar una producción de ‘La Traviata’ con un anuncio de televisión de Mc Donald’s’.

Como sentencia, hay que reconocer su brillantez, pero resulta un tanto exagerada y desmesurada tal afirmación. Porque la cinta de Tay Garnett, de 1946, resulta tan apreciable como interesante. Para empezar, es una adaptación mucho más fiel que ‘Obsesión’, lo que, por otra parte, tampoco tiene mayor trascendencia.

El personaje de Frank, interpretado por John Garfield, está más ennoblecido que en la narración original. Más que ser un vagabundo y un buscavidas, se nos presenta como un viajero idealista con ganas de ver mundo. Pero en cuanto se topa con esa Lana Turner, la actriz que da vida a Cora, los principios y la nobleza de corazón pasan a un segundo término.

La aparición de Cora resulta espectacular. ¿Quién se la podría imaginar en un local como Los Robles Gemelos? Que en esta versión de Tay Garnett resulta menos deprimente que en la novela original y, desde luego, que la trattoria de ‘Obsesión’. En un garito en el que no nos importaría entrar a tomar una de esas cervezas que se sirven con generosidad.

De toda la película, la del encuentro entre los personajes principales es una de las más logradas: vemos la cara de Frank, deslumbrada, y la cámara muestra las piernas desnudas de una Lana Turner inmaculadamente vestida de blanco, como deja ver una toma ascendente.

En ese momento se le cae el pintalabios y, acostumbrada a dominar a los hombres, espera a que Frank se lo acerque. Pero este, achulado, se reclina sobre la barra del bar y permanece impávido. Finalmente es ella quién termina cediendo y aproximándose a él.

Un pintalabios que no deja de estar presente en toda la narración y que, al final de la película, termina rodando otra vez por el suelo, aunque en circunstancias muy diferentes; metáfora que cierra el círculo argumental.

Los guionistas tratan de ser más explicativos con las razones que mueven a Frank y, sobre todo a Cora, a hacer lo que hacen. De hecho, introducen un elemento melodramático que termina de decidir a los asesinos, por lo que le restan determinismo a la historia. Hay menos de tragedia griega y más de melodrama clásico. Pero, ¿qué se podía esperar, al elegir a dos actores tan famosos y conocidos? Era complicado reducirlos al papel de dos adictos al sexo y poco más.

John Garfield no fue una superestrella, pero sí uno de los actores más reputados de su generación. Habitualmente interpretó a personajes rebeldes, currantes y de la clase trabajadora. Progresista y comprometido con diversas causas sociales, acabó en las listas negras de Hollywood en la época de la infame caza de brujas.

Antes que actor fue boxeador, algo que se nota en su interpretación en ‘El cartero siempre llama dos veces’: golpea con una solvencia que denota sus raíces pugilísticas. Los mismos problemas cardíacos que le retiraron del boxeo le privaron de luchar en la II Guerra Mundial y, a la postre, le provocaron la muerte en 1952, con tan solo 39 años de edad. Sus dos interpretaciones más memorables fueron ‘Cuerpo y alma’, de Robert Rossen, donde precisamente interpreta a un boxeador enfrentado a la corrupción; y ‘La barrera invisible’ de Elia Kazan, sobre el antisemitismo.

Lana Turner, por su parte, era todo un sex symbol en los años 40 del pasado siglo, llegando a acumular tres maridos en cuatro años durante aquella época. Aunque nada comparado al episodio del asesinato de otra de sus parejas, un matón de la mafia llamado Johnny Stompanato, a manos de Cheryl, la hija adolescente de la Turner. Ella contaba con 14 años de edad cuando escuchó una discusión entre Lana y Johnny. Este amenazó con rajar la cara de la actriz y la niña cortó por sano, dándole una cuchillada mortal de necesidad.

Hay menos electricidad en pantalla entre estos Frank y Cora que la mostrada por la pareja italiana. Hay menos tensión sexual. Así, el mar resulta mucho memos ominoso en esta versión que en la novela o en ‘Obsesión’, por ejemplo. El calor se hace menos perceptible, menos asfixiante; e incluso el marido de Cora, que en la película se llama Nick Smith, resulta menos desagradable.

Lo más destacable de la película de Garnett es la utilización de las sombras en el tramo final de la película, durante el juicio. Sombras que, a través de las persianas de las ventanas, parecen asemejar los barrotes de una prisión que aprisionan a Cora y a Frank.

Y los cambios en el vestuario de Lana Turner. Al principio, viste de blanco inmaculado, turbante incluido. Es como una diosa. En el momento en que Frank y Cora se echan a la carretera para huir juntos y emprender una nueva vida, Cora sufre dos o tres percances que, además de hacerle comprender que la vida errante es muy dura y que no está hecha para ella… le van manchando su inmaculado vestido blanco.

A partir de ahí, en cuanto los amantes deciden matar al marido, ella empezará a vestir de negro. Quizá no es muy sutil, pero sí muy efectivo.